sábado, 6 de mayo de 2017

hay que escribir

Hay que escribir,
aunque nos duela.
Aunque sean malvas,
espinas y huesos.
Hay que escribir;
aunque estén secas
las rosas, los libros
amarillos, la mano
temblorosa.
Como náufragos,
como presos.
Desde la trinchera
del silencio.
Aunque no sepamos
si las palabras
son mares, desiertos;
espaldas desnudas
o volcanes en los pechos.
Por debajo de la sangre,
lejos de lo escrito.
En el inicio del verbo.
Porque nos duelen
los conceptos, la realidad
y nuestros ecos.
Hay que escribir.
     (Pintura de Lisa Murphy)

martes, 18 de abril de 2017

escribir es silencio


  Escribir no es
  tener ganas de hablar.
  Es la mudez del tiempo
  antes del mundo.
  No es palabra.
  Es intento.
  Escribir es mirarse
  y no ver.
  No es recto.
  Es meterse los dedos
  en las vísceras,
  y tropezar con el hueso.
  Tocarse la fibra.
  Saberse carne. Llorarse
  por dentro.
  Escribir no es
  entender.
  Es hueco, invento.
  No ser, siendo todo
  mundo. Incierto.
  Escribir es vaciar.
  Desconocerse. Caverna.
  Escribir es inverso.
                     (Pintura de Paolo Troilo)
                                                                                                

martes, 28 de marzo de 2017

De las galletas María y otras historias

     Siempre imaginé que cuando tuviera mi casa sería como aquella casa del pueblo. Tenía que poder asomarme a ventanas traseras a ras de suelo, y divisar inmensos campos de trigo y amapolas. También debía tener una hilera de árboles centenarios en la parte delantera. Uno de ellos sería una higuera. A la puerta de entrada, un jazmín de bienvenida, y junto a la ventana, una de esas flores que se abren de noche en las despedidas.
No había viajado mucho, y tal sitio me pareció una suerte de paraíso, en aquel agosto de 1960, cuando nos desterraron de la ciudad.  Pero lo que más me gustaba de aquella casa era que, al entrar, había un camino de piedrecitas, que mi tía regaba cada mañana y cada tarde. Olía a caverna, a estalagmitas, a miles de años atrás. Fuera, el aire también olía así; a principio de los principios, a lentitud, aunque irrespirable como el aliento de un dragón.
     Todas las tardes acompañaba a mi tía en su recorrido por el pueblo. Tenía la custodia y mantenimiento de casas deshabitadas. Había una en particular. Situada en la segunda plaza del pueblo (es decir, no la importante, la del Ayuntamiento y la Escuela; otra, la que daba al cementerio). Para llegar hasta allí había que subir un repecho.  Mi tía resollaba, con el manojo de llaves enormes colgadas de su cintura. Era extremadamente flaca y pequeña, y tan volátil, que cuando se formaba alguna ventolera (lo que ocurría casi siempre al atardecer, justo en la cima de la colina), tenía que sujetarla para que no saliera dando tumbos, cuesta abajo. A mi me daba la sensación de que siempre había sido vieja.
     Era un espectáculo de casa. Aún se alzaba señorial, testigo de otros tiempos más pródigos. Alegre, a pesar de tener todos los muebles cubiertos por sábanas blancas. Abríamos las ventanas y la luz se precipitaba urgente, invadiendo todos los rincones. La casa quería vivir y yo le ayudaba; me ponía a corretear por toda ella. Mi aventura favorita era golpear con fuerza las teclas de un viejo piano de cola y salir a toda pastilla entre risas y miedos, con la adrenalina a tope; os juro que sentía cómo alguien me pisaba los talones con la intención de atraparme y, por supuesto, encerrarme en la parte subterránea de la casa, que yo imaginaba como una especie de catacumbas.
     Mi tía, entretanto, escudriñaba todo para comprobar que nada ni nadie había ocurrido, y que el jardín del patio interior seguía creciendo igual que una selva del Amazonas. Le gustaba lanzar cubos de agua a mansalva, loca y eufórica; hasta crecía en altura y vigor. Y lo hacía interpretando una canción inventada, con voz grave, como de marinero borracho dando tumbos por cubierta; ininteligible, mezclando el francés con el inglés. La observaba de lejos; no quería que el espíritu, que sin duda la poseía, se metiera también en mí, y me convirtiera en grumete al grito de: "más cubos, más cubos, grumete", y tuviéramos que salir de allí a nado.
Una vez que el espíritu la abandonaba, se encogía hasta su tamaño natural y con una voz dulce casi inaudible, me decía: "Marie, bonita, ve al cajón de la alacena que ya sabes".
Allí había una caja de lata que contenía galletas "María". La particularidad de estas galletas era que estaban revenidas. Siempre había galletas allí, y siempre tenían el mismo sabor. Las utilizábamos para darle de comer, a modo de "chuche", a las palomas, no sin antes guardarme en el bolsillo unas cuantas. Me las comía a escondidas. Y qué curioso; a pesar de estar un poco caducadas, me resultaban deliciosas. Siempre fue un misterio para mí su procedencia; porque, que yo sepa, jamás vi a mi tía reponer galletas.
Entonces me daba por imaginar que en aquel cajón se había producido una especie de pausa espacio-temporal, unos días después de que marcharan los habitantes de aquella casa, quedando las galletas atrapadas en él, por lo siglos de los siglos. Seguidamente, me subía rápido a una silla para ver qué había en el último estante de la alacena. Pudiera ser que encontrara algún tesorillo de cierta relevancia, o quizás, al igual que aquellas galletas, los dulces más deliciosos o incluso mantecados de navidades pasadas, escondidos allí para evitar que los ratones hicieran un festín; pero nunca, nunca, por más que me empinaba, conseguía ver nada.
     Me encantaba subir por aquella escalera de caracol que conducía a la buhardilla. Conforme ascendía me cambiaba el ánimo.  La atmósfera era distinta; me sentía una privilegiada como lo pueden ser los fareros.  Allí estaba el palomar, en una terraza hasta la que había trepado la hiedra sin control, y desde la que sólo se podía atender a ver a lo lejos; el valle y las montañas parecían no haber cambiado desde la época de los dinosaurios. Eso sí que era viajar en el tiempo y el espacio. En cambio, las palomas eran corrientes, tenían un poco triste la mirada. Las comprendía; seguramente añoraban los tiempos en que la mensajería les hacía ver mundo, y lucían regias.
     Pasaron algunos veranos.  Me había ido a Montpellier a estudiar lengua y literatura francesas. Mi tía era francesa, y por culpa suya allí me encontraba, terminando una tesis doctoral sobre "los errores cometidos en la traducción de obras francesas al castellano en los siglos XVIII y XIX", con el agua al cuello y un pelado recién hecho, a lo Ava Gardner en Mogambo; no parecía ni yo. Tocaron a la puerta de mi habitación en la residencia de estudiantes donde me alojaba: "Srta. Marie, tiene una llamada de España". Mi tía había muerto. Circunstancias que no vienen al caso me impidieron llegar al sepelio. Le lloré en silencio. Así que llegué al pueblo unos días más tarde. Dormí en casa de mi tía. Quería recordarla. Necesitaba hacerlo. Todo estaba tal cual lo dejé cinco años atrás. Incluso parecía que el aire dentro de la casa olía a las piedrecillas recién regadas. Detrás de la puerta colgadas de un gancho, las llaves.
     Supongo que ya imaginaréis a donde me dirigí a la mañana siguiente. Quería comprobar que el tiempo no había pasado en la casa del palomar.
     Abrí el cajón. Y allí estaba la lata de galletas, como yo la recordaba. No pude evitar comerme una. Subí para comprobar cómo estaban las palomas, pero parecían distintas; más grandes, más brillantes, como de otra época. Había una limpieza extrema. Cerré la puerta del palomar; lentamente, con la cabeza en otro sitio bajé la escalerilla cual fantasma, casi sin posar los pies en los escalones. No recuerdo muy bien como ocurrió, pero lo cierto es que un latigazo me recorrió todo el cuerpo, desde la punta de los pies a la coronilla. Me quedé un momento en la base de la escalera, traspuesta.
El amplio ventanal, que daba paso al jardín del patio interior, estaba abierto de par en par, y pude comprobar que las plantas no parecían tan monstruosas como cuando las regaba mi tía. Del jardín emanaba un finísimo olor a azahar que me hizo sonreír tan leve pero tan plena... Fue entonces que, muy pero que muy vagamente, como si llegara del sitio más lejano del universo o estuviera yo metida en un útero, escuché algo: un rumor de charla y una melodía sonando al piano, que no pude identificar. En una mecedora, mi tía contaba una historia sobre palomas mensajeras; los niños escuchaban con atención, mientras tomaban leche con galletas. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba ver una preciosa cama de forja blanca y ropa de flores, arrastrando por el suelo, que me hizo recordar, con nerviosismo y sin venir a cuento, a las pinturas de Renoir que estudiaba en el Cole, como si mañana fuera a tener un examen de Arte y estuviera repasando mentalmente la materia. Me acerqué. Y allí estaba yo, despertando. Me levanté. El pelo me llegaba hasta la cintura. Fui directa a la alacena, sin pensar; en la caja de galletas no había galletas. Me dirigí corriendo al palomar, tropezando con todos los muebles al paso; tampoco había palomas.
     Cinco años de historia: el olor del aire, las palabras, los sucesos, los colores, proyectos e ilusiones se amontonaron en mi cabeza, como un eco. Había estado viviendo mi porvenir, y yo no estaba en él. Sólo soñaba como sueñan los muertos mal enterrados.
(Mi tía se llamaba Presenta)


miércoles, 12 de octubre de 2016

no sé


Algo me hace no ser,
(quizás sea yo).
Dicen que sé,
pero no me sé.
¿Acaso soy
lo aprendido, la edad,
lo que espero, el sitio,
o la ropa que llevo?
Este nombre no soy yo.
No. Nunca he salido de mí.
No he nacido.
Atrancada en el cuello
estoy.
No me reconozco.
Mis días sufren
el arrepentimiento
del no ser,
en este conjunto
de pedazos obedientes
que soy.
Me gritan, y maldicen
por este guión
que no escribí.
Todo, por dentro, está
tachado y reescrito,
por un loco.
Hay un mundo bullendo,
dormido,
¿sin cabida en el mundo?
Estoy
por detrás de mí.
No, no soy yo
la que me vive.
Apenas un atisbo
¿de otra realidad 
que aún no ha sido
ni va a ser?
¿o en la palabra sí? 

Soy mi propia traición. 
Es mi sombra la que escribe
y por ella me entreveo. 
               (Dibujo de Lisa Murphy)

martes, 23 de agosto de 2016

La verdad está en las ruinas

Fotografía de Cesc Sales
https://cescsales.com/
@retratsbcn
Tú dirás que buscas la verdad, pero prefieres andar el doble por evitar una tumba. Buscas la verdad en el labio, y la verdad está en los muros, desnudos hasta los huesos, donde todo resbala, donde ya no hay hambre.
¿Tú buscas la verdad? Sí, una de amanecer y mar, de horizonte; una de justicia y paz, de orden, de vuelo.
Pero esa es una verdad de cartel, de manual y estandarte, de frase hecha; una verdad de paraíso, de cristal líquido. Lo que hay es una realidad de antorchas y puños al aire; una de sangre y humo, de muchedumbre enloquecida, de ahogados, de trono y cuervos. 
Por supuesto te niegas a que esa sea tu verdad. Y es entonces que te amoldas al sistema, haciéndote un hueco cálido y suave, vuelto de espaldas al mundo. Y allí vives, ciego, sordo y mudo, cumplidor y productivo; mezquino, material y muerto, en bienestar. 
Pero la verdad sigue ahí, en la sombra de la sombra; está en las ruinas, en los descampados, los pueblos desiertos y los niños viejos. La verdad está en las orillas, donde el aire se parte en dos; allí, donde acaba un mundo y empieza otro, un paso más allá del límite. Tiene yerba seca y, a veces, margaritas inesperadas. 
De vez en cuando, cansado de la rutina, buscas en la algarabía, en la manipulación de tu tiempo. Yo busco en el silencio carente de lo inútil. Busco pedazos de tiempo detenidos, que apenas respiran, hincados en mitad de un solar abandonado, ya sin nombre.

¡Calla! Hay un muro todo dientes dando lecciones; un muro de espalda fatigada, que te sabe; un muro que fue, que fue el trabajo delicado de otros hombres y al que, ahora, le crecen amapolas por sus grietas.
 Apreciemos su belleza.
(De la misma serie)








domingo, 3 de julio de 2016

Que por qué no escribo...

     No escribo cuanto quisiera. Le voy a echar la culpa a lo muy ocupada que estoy. Sí. La vida me está haciendo mucho lío, y no tengo remedio. Me debo a ella. Además soy de ese grupo raro de personas que cuando van al trabajo, trabajan. Y no me quejo. Madrugar ha terminado gustándome; tiene la compensación de ver amanecer. Hasta el café de la máquina expendedora y los lunes no son tan malos. No son más que la punta del iceberg de un viaje semanal para arreglar un poco el mundo, dando un paso detrás de otro (cierto, la mayor parte demasiado pequeños), de persona en persona, sin atropellarse, con la sonrisa de "vale tienes un problema, pero no es el fin del mundo, hay alternativas". Así que me dedico a los hechos. O se vive o se escribe.
     Me dicen que escriba en las noches. Yo les digo que vivir la realidad de un modo consciente, agota, y que, intentar escribir con la cabeza llena de problemas ajenos, me llevaría horas hasta encontrarme. Aparte de que soy también de ese tipo de personas que duerme. Cada día, al salir de la oficina, dejo parte del alma en algún que otro expediente que espera un milagro. Me siento tan mermada que es entonces que me apetece desviar mi atención hacia lo físico; otra rutina diametralmente opuesta a los quehaceres laborales me invade. Estoy hecha a lo bruto. Me gusta poner mi cuerpo al límite, un poco antes de que me explote cualquier víscera, o mi rodilla izquierda me avise estrepitosamente de que lo voy a joder todo, si sigo por ahí.
     Caer en la cama como el plomo, la mente en blanco y dormir, en lugar de escribir los versos más bonitos, no tiene perdón. Ese capricho mío de dormir toda la noche como si no hubiera mundo, esa pérdida necesaria de tiempo, me duele. Y no sé qué coño me pasa, pero me gusta esa sensación de acostarme como si volviera de la primera línea de batalla, de haberlo dado todo, y despertar con el cuerpo dolorido, algún que otro cardenal, pero, en cambio, con los labios suaves y rojos, la mirada certera, y la espalda recta.  La ilusión me inventa, y tengo la jodida idea de que todo puede volver a empezar, de cero. Quizás debiera poner aquí mi hora para escribir, antes del amanecer, mientras todos duermen. Sería mi momento de escribir lo que sí, lo nuevo; de escribir el bosque, el azul, el sol. De quedarme atontada mirando a la ventana, al horizonte, donde todo son posibilidades.
    Pero también hay otras pausas. Pierdo el tiempo en las puestas de sol, en respirar otro aire, el de los pájaros de verdad. Pienso en las rutas que trazan de cielo en cielo, y que solo ellos entienden; pienso en su incansable gorjeo, en que son los mismos pájaros todo el rato, que se han vuelto locos porque las estaciones andan confundidas; y es que son ya tan escasos los días de clima extremo que estos han decidido quedarse; eso sí, haciendo como que emigran, yendo y viniendo en bandadas bien organizadas, de árbol en árbol, vaya a ser que ir en contra de su naturaleza acabe por colapsar el mundo. Demasiado bello para no llorar.
    Y es entonces que vuelvo a otros pájaros, los que he decido que aniden en mi cabeza. Están un poco enfermos; unos sufren de sueños, otros de decepciones. Malditos pájaros de cantos supuestos, históricos, de fe en cualquier creencia aprendida. Aún siguen revoloteando, heridos de preguntas. Ni siquiera desean ya una respuesta, sino más bien un cirujano de manos como labios y el preciso desorden de un beso. Luego, para compensar esta inactividad, me pongo a caminar a lo grande. Sólo los tristes saben que no hay suficientes parques para olvidar. Os digo que faltan calles en esta ciudad para pasear los anhelos; faltan personas que se crucen, que tengan una determinada estatura, color de ojos, línea del cuello, nuez, boca, piel, en este casting cotidiano de personas que me recuerden a ti. Se me ocurre que a esta hora de lucha interna, sin sentido, le podría venir bien escribir. Sería el momento de escribir la otra realidad, la irrealizada, o la irrealizable, de escribir odas a lo inútil, al olvido; de escribir en blanco y negro, de escribir cadáveres. La hora de quedarme con la mirada perdida por dentro, donde el horizonte es una cuerda con un nudo en el centro bien apretado.
     Pero lo peor de todo no es a qué hora escribo. No. Es que lo que escribo nunca me parece bien. Sinceramente, me parece que no sé escribir. Me atasco, me desespero; odio mis lagunas. Y las pocas palabras que consigo hilar, sé de buena tinta que, cuando alguien las lee, bajan la cabeza y se miran los pies, intranquilas y ruborizadas por tanta osadía. Esa es la verdadera razón por la que pasa el tiempo y no escribo.

lunes, 11 de enero de 2016

no es de cobardes la huida


Fotografía de Cesc Elias

No es de cobardes la huida,
cuando se tienen los ojos llenos
 de horizonte,
y las raíces en las manos,
un mundo inacabado,
la vida.

No es de cobardes la huída,
si es dejar atrás
un bosque sombrío
de derrotas.


 (de la misma serie)





jueves, 27 de agosto de 2015

cuando caigo


Cuando caigo,
en el movimiento
inesperado de un error,
me hago salto,
salto sinuoso
en el vacío.
Y me asombra.
Me asombra esta falta
de temor entre los huesos.
¿Qué energía es esta
que me invade
la entraña abierta
de la carne?
¿Qué fuerza letal
sin manos ni surcos
que me frenen,
sin pena ni culpa
que me hiera,
me abraza?
Es tan dulce,
que me duele.
Cuánto me duele
no arrastrarte
en mi agonía.
Cuando caigo,
veo tan clara la verdad
de esta mentira,
que en el sabor de la derrota
me place.
Me place mucho lamer
las paredes afiladas
e incesantes de este abismo,
desde el borde cegador
hasta el fatal estrato.
Pero lo que más me place,
es la risa oculta
tras los párpados
y esta paz
de no ser nada,
que se tiende descomunal
en la orilla,
apretando mi cintura
contra el miedo.
Cuando caigo y
sé que muero,
me embriaga la seguridad
con que traspaso
el límite sin medida,
ahí,
donde ya no duele
otro error sino la huida.
Tu espalda, la de siempre,
alejándose del filo,
mas yo, encontrada,
sin memoria, otra,
marginal, mínima...
cuando desciendo
al cielo negro de la vida.
     (Pintura de Tara Mcpherson)

viernes, 13 de marzo de 2015

lágrimas que no han muerto


El principio y el fin.
La nube agonizando.
La tormenta y la calma.
Es una lágrima.

Pero hay lágrimas sin llorar. Merodean en los rincones moribundos donde no hay resquicios para respirar. Lágrimas autocensuradas. Duelen.

Lágrimas antiguas como estratos, presionadas por el tiempo; subterráneas, lentas, abriendo cavernas. Hieren.

Lágrimas enterradas en sus tumbas de diamantes, para las que nada es lo suficientemente triste, resplandecen frías e impasibles ante todas las muertes del mundo. Matan.

Lágrimas todas contradictorias, disfrazadas de risa por no llorar, y que albergan una falsa ilusión...

Vagabundean, sin destino, para finalmente quedar atrapadas como el germen de vida encerrado en el hielo, donde no se espera encontrar nada.

Lágrimas capaces de soportar el infierno porque se escondieron bien en la oscuridad, en cápsulas del tiempo.

Forman estanques donde habitan extrañas, mientras todo a su alrededor está seco y devastado por el viento, como un arrugado ser poco humano. A nadie importan.

Pero basta un pequeño cambio en el orden, para que salten inesperadamente como un emocionante descubrimiento. Un "chute" de llanto, y el estanque se hace cristalino. Hasta se puede ver su fondo, y el revoloteo de un corazón latiendo a destiempo, pero vivo, cubierto de nenúfares, chocolate y mermelada de naranja amarga.

sábado, 31 de enero de 2015

desde el blanco

Dicen que "blanco" es paz, libertad.
Yo digo que es perfecto y muerto.
Es un ahogado.
El blanco es impoluto,
pero no baila, no gime
ni grita de placer.
No besa ni muerde,
no sangra, no vive.
Es una voz demasiado baja,
buscando un cuello
para no morir.
El blanco es el rebote de la luz
en el hueso níveo del frío,
y los matices del gris.
Es el moribundo de cal
que escribe un último grito,
quemando en su boca
de espuma de mar.
Un cuerpo que no da sombra.
Un sueño que se escapa,
Un "hola" tan seco
que es "adiós".

martes, 23 de diciembre de 2014

que... ¿qué es un verso?

Un verso es...
el mundo en miniatura.
Mi corazón "arrancao".
Tu rostro, en mi retina.
Es el mar entre mis manos.
La palabra desnuda.
Mi amor, entre tus dudas.
Eso... es un verso.
Y un beso que no acaba.
Ternura en la locura.
El principio, detenido,
como un globo que esperara
sentado, lleno, ido,
llorando quizás,
porque le nazcan raíces.
Es la piedra que respira,
consciente,
que sangra en verde,
hacia arriba, leve, riendo.
Un verso es el grito rojo
de las fauces,
desde el centro de la tierra,
soñando con el azul de la orilla.
Es el eco imperceptible
de alas rotas que brillan,
tristes, castigadas,
sin caricias de la brisa.
El verso es la nada o el todo.
Ausencia de la prisa.
Un pedazo de tiempo huido.
La mirada hacia dentro,
la mirada hacia atrás,
y los detalles redondos del olvido.
Ese... es mi verso.
Un renglón no vivido.
La excusa, hacia la libertad.
 

sábado, 13 de diciembre de 2014

a menudo olvido el viento

Todo parece estar tan bien, que la mano se diluye. El lápiz cae rodando, y ya no escribe trazos de sueños. Hasta el mar sufre de calma; se torna dulce. Ningún rumbo que seguir, sólo flotar sin destino, y hundirse, en los arrecifes muertos; allí, donde no hay preguntas, nada que cambiar, y nadie en la nada.
Los sueños quedaron libres. Entonces, caída, quietud, y la fría dulzura de lo que no, cuando dejo de querer, en una noche cualquiera.

En la aparente tranquilidad, un pálpito aventurero, sin nombre, se deja caer por los alrededores. Parece tan fugaz y lejano, tan fácil de negar.

Al principio lo ignoro, para seguir sin movimiento.
No quiero que nada perturbe lo que es tan perfecto, aquí, adentro.
Mi dulce sonrisa sin temperatura, sin color. El silencio.

Por supuesto no veo, ni quiero ver... Pero esos silbidos.
Desde apenas un hálito, reacciono y recuerdo. No es nadie.
¡Es solo una ventana abierta, que a menudo olvido!
Regreso a la calma, demasiado paralizada para cerrarle la boca al viento.

¿Por dónde iba? Sí, mi dulce sueño... Pero ahora, el frío en los pies.
¿Quién me está enviando este vientecillo cabezón?
Viene a refugiarse en las rendijas más serenas,
haciendo crujir lo que ya se había hecho seco y eterno.
Valor tiene de susurrarle al hielo.

¿Por qué esta caricia inesperada?
¿Acaso el viento no sabe
que es, ahí afuera, su elemento, al raso,
donde las gotas de agua ansían su abrazo?

Empeñado en despertarme, este airecillo vagabundo ha dado vida a los muebles.
Veo ramas, saliendo y entrando.

Y es que a menudo olvido
que habito en el torbellino.
Allí donde se entremezclan
las cuatro bocas del viento.

En una noche de despertares,
el brillo del reloj guiña.
Todo está bien.
Sigue el ruido,
detrás de los cristales,
el azote del tiempo.
Porque hoy toca, mi querida Mary
besarle la boca al viento.

Después cabrá la lluvia en mi beso, y el día estará dormido.
Lo que me recuerda que sigo viva, aún sin sueños.

Pintura de Jean-Pierre Leclercq
(Pintura de Jean-Pierre Leclercq)

sábado, 22 de noviembre de 2014

no entiendo de barcos

Pintura de de Alyssa Monks

No entiendo de barcos,
pero sé de un corazón
a la deriva, sin resistencia
al viento y al mar.
De sirenas con bailarinas,
cantando a la luz de las velas.
De escamas sobre la arena.
De la vela sin telón.
De viejos sueños fantasmas,
y capitanes sin timón.

Porque a mí
no se me escaparon
aquellas almas,
hundiéndose,
en el azul oscuro.
Aún se oyen gritar.
Y sin embargo,
el fondo no quiere muertos.
Es un lobo de mar,
escupiendo.
No entiendo de barcos,
pero sé de unos labios
un poco náufragos,
lamidos por olas de sal.
De peces con cuello de cisne,
helados en alta mar.
De cisnes con ojos de hombre
con el agua hasta el cuello negro,
suspirando,
y en sus palmas el miedo.
No se me ocultó
el hueso frágil del hambre,
tan hondo como el océano,
ni que en las noches serenas
flotan las ilusiones huecas,
los lamentos de maderas,
cansadas de los peces,
y del olvido de los hombres.
Y sin embargo, el fondo,
el fondo no quiere cuerpos.
No entiendo de barcos,
pero el ancla, la ola y el faro, sí.
Sueña el ancla con ser ave
y navegar libre entre nubes.
Confiesa la ola, mareada,
que el vaivén la trae loca,
y que, ojalá, un billete de ida
la instale en cualquier roca.
Sólo al faro le gusta el mar,
llora y sueña con ser nave.
Hemos tocado fondo.
Y todos en el mismo barco
o no.
Pero el fondo,
embrión del renacimiento,
cuando todo esté perdido,
saldrá a la orilla reptando.
Por eso, el mar...
el mar no quiere nuestros muertos,
solo armazones de barcos
y colonias brutales de vida.
     (Pintura de Alyssa Monks)

lunes, 18 de agosto de 2014

brisa de estío


by Lisa Murphy

¡Qué delicado roce al pasar
de esta ligera brisa!
El valle la espera doliente.

Viene bailando, graciosa.
Que no me la quite nadie.
Me trae murmullos lejanos.
A veces, aleteos y risas.

Este fresco tiene una mano,
que juega un poco conmigo.
Yo la miro de soslayo.
No viene para quedarse.
En una tarde de estío,
se va dando pasos de lado.

Y cuando menos te lo esperas,
vuelve, suave, pausado.
Con un ligero roce se despide,
como dando pasos hacia atrás,
y su pelo...

Tardes de verano, cayendo,
en el tamiz de los toldos blancos.
Los rayos se han helado.
La brisa se va serena.
Entre silbidos disimula,
dejando el cristalino de las cumbres.
Y a lo lejos, de nuevo,
el eco de unas risas.
     
 (Pintura de  Lisa Murphy)

domingo, 10 de agosto de 2014

un beso sin beso


Erase una vez un beso que quería ser siempre el primero, el más pasional, el beso perfecto. Este beso, aparte de que nunca encontraba el momento oportuno, sabía, por su propia condición de beso, que querría más y mejor, una vez se diera. Así que, sin pensarlo dos veces, se propuso a sí mismo que jamás besaría. Y fue de esta manera como aquel beso se dedicó a besar en su propia fantasía de beso, y nada más. ¿Acaso tiene lados separados el beso? Qué extraño debía estar aquel beso, sin beso, como un deseo en suspenso. Lo vieron alrededor de la orilla de las bocas, estremecido, sin llegar a darse. También lo pillaron pegado a los cristales, mirando como, en los rincones íntimos de las cafeterías, bullían besos de los enamorados. Soñando, siempre soñando con lo que hubiera podido ser. También se escondía en los libros, por lo general en las novelas de finales del siglo XIX o en la poesía del 27. Pero jamás atravesó el espacio ni el tiempo. Nunca tuvo sabor a café o a cerveza, a pastel de arándanos, o a brownie. Era un beso sin quien, un beso perdido, un beso sin pronombres, sin mundo. A lo más que llegó fue a beso pensante, a beso enlatado en palabras: unas veces, se lanzaba al aire, pero al no tener cuerpo, subía tan alto que parecía humo, y nunca nadie lo vio estallar, vivir o morir; otras, fue beso escrito, en forma de bolita encestada o barquito de papel, hundido. Era un beso imaginado; una leyenda de beso, una quimera. Dicen que una vez lo vieron oculto entre la niebla, suspirando, desnudo y helado, del color de la luna de invierno, un fantasma de beso. Y nunca se supo si el beso al fin murió por no darse o por darse, si se dio a la fuga o se quedo para siempre en una idea de beso de sí mismo, congelado en una teoría; o quizás se transformó en otra cosa: una mirada, una sonrisa o cualquier verso. Quizás se dio cuenta que se puede besar de miles de maneras. Que podía besar la vida, en todos sus aspectos, y al final sí ser beso. ¿Quién sabe?










domingo, 1 de junio de 2014

desde que no me hablas


Desde que no me hablas
en cada letra escribo tu nombre.
¿No sabes que de tanto pronunciarte
me quedé sin tinta en los labios?
Por eso ahora te escribo con palabras
que ya no sé vocalizar.
Ni me llegan los sonidos de la gente
porque no son tu canción.
Desde que no me hablas,
pétalos caídos.
Y al despertar
un pálpito me habla de ti.
Sin acariciar tu nombre con mi boca,
sin escribir mis letras en tu espalda.
Me dejaste la nada
bien anudada en el centro.
¿Qué escondes en tu mente,
ahora que tus labios ya no me hablan?
Veo pasar tu voz muda.
De repente se me hizo inaccesible.
Lo que dices no es para mí.
Ni siquiera estás en tus palabras.
De ti sólo tengo silencios
y me niego a descifrarlos.
Desde que no me hablas
el aire no fluye, se acristaló.
Y en cada hueco me nacen peces
que preguntan por ti.
Me dejaste dormida, allí, donde no habitan
las formas, los nombres, los cuerpos.
Y al despertar
hay sombras puntiagudas que me hablan.
Desde que no me hablas
el agua no brota de las paredes
y no hay nenúfares en los muebles.
Quizá te quedaste dormido para siempre
en alguna fisura de mi cuerpo.

lunes, 14 de abril de 2014

El espejo no sabe quién eres

 A veces no te encuentras. Piensas que si algo o alguien no lo remedia te vas a quedar como una "esfinge", sin nada dentro, en silencio, como mirando al infinito. Y buscas y buscas, sin parar, a ver si algo fuera de ti te devuelve a ti.
Todo se te antoja pregunta.
Ves tus pensamientos uno tras otro, como si fueran astros en torno a una estrella, y tú, en fin, como muy lejos de ella. 
Todo se torna silencio.
Te miras en el espejo. No estás en tu cuerpo.
Todo se vuelve ausencia.
Te levantas, te pones el disfraz, tus pinturas de guerra y a pelear. Cierras la puerta tras de ti y todas las sombras del espejo. Una realidad de mentira te espera. ¡Acción!
La representación transcurre como de costumbre, sin novedad. El papel te lo has aprendido tan bien, que nadie duda de que lo vivas como si fueras realmente tú.
¡Corten!, ya está bien por hoy; felicitaciones, lo has hecho muy bien.
Pero, bien sabes tú que... en la línea que separa la tarde de la noche, vuelves al espejo para preguntarle: ¿quién soy yo? El espejo se queda callado, y te observa con una mirada larga y sorprendente. Y es cuando tu otro yo, el claro y consciente te dice:
Estás perdido y no sabes donde, pero no vayas muy lejos, quizás estás perdido en un rincón de ti mismo. ¿No oyes los gritos pidiéntote ayuda? Sólo tienes que hacer de espeleólogo y bajar a tus profundidades y urgente, ahora; allí estás ahogándote, esperando a que te rescates y vuelvas a ser tú en todo momento, incluso representando el personaje diario que te ha tocado en el reparto, aunque sea con una sonrisa torcida.

domingo, 13 de abril de 2014

¿Cansada de mí?, puede ser

Poetisa Safo aburrida sobre un televisor. Pintura de Cristina Alejos Cañada
"Poetisa Safo aburrida sobre un televisor" pintura de Cristina Alejos Cañada
¿Vosotros no os cansáis de vosotros mismos? Yo, a veces, sí. Es entonces cuando quisiera dejarme, pero claro es difícil. Así que para solventarlo decido salir de mi propio yo, a ratitos. Por ejemplo... que veo que me aburro de mis propios pensamientos, deseos, maneras de hacer, limitaciones, entonces me paro a ver que hacen personas muy distintas a mí, y me pongo a la tarea. Se trata de hacer aquello que siempre he pensado que nunca haríao que nisiquiera sabía que existía. Es una manera de comprobar que, no hay por qué encorsetarse, dentro de nuestros propios límites autoimpuestos.
Podemos ser más. Pienso cosas como: me encantaría, por un casual, dibujar sin miedo a equivocarme, arreglar una tubería; no sé, poner una reclamación, de las que nadie se atreve a poner, quitar el maldito gotelé, subirme a un escenario e interpretar cualquier obra de Shakespeare, presentarme a algún programa de la tele: Supervivientes o Pasapalabra, O irme a vivir un tiempo al desierto en plan nómada. No probamos cosas nuevas porque pensamos que ya hay quien lo hace mejor,o que siempre hay alguien que lo hace por ti; o simplemente te preguntas, con cierto desencanto, para qué, y sobre todo "qué miedo, por Dios". Pero la verdad es que si nunca se intenta nunca se sabrá de lo que uno es capaz. No damos el paso porque no nos vemos, y a lo mejor resulta que no nos vemos porque no damos el paso.

muero, el tiempo se acaba


Antes de que se acabe el mundo, hoy,
escucha la lluvia que me cae dentro.
Ven, y electrocútame
con tus palabras de alto voltaje.
Haz que respire a chorros
entre mi cuerpo y el tuyo,
y que en cada beso
el aire sea más escaso.
Ármame los huesos
con tu contorno de hombre,
y que el silencio se rompa
en cristales de saliva.
Con precisión, vamos,
descóseme las entrañas,
Pulsa el botón que enciende el mundo.
Qué esperas, vente, aquí está tu hueco.
     Pintura: Alicia Besada

domingo, 6 de abril de 2014

¿te saco de mi archivo?

Siempre llegan esos días...
Paso, descaradamente,
delante de ti. Sonrío.
Yo siempre sonrío.
Silencio.

Frío, calor, sed.
Paso la lengua.
por mis labios,
que se vuelven a secar
en un círculo vicioso.

Corro como el viento,
que me entra a bocanadas.
Demasiado aire sin digerir.
Me quiebro en cristales.
Sigues sin percibirme.

Lo sé. Es tu manera.
Tu gana de tenerme
más, mucho más...
Al borde del deseo.
Bien. Te espero en el límite.

Entretanto me entretengo.
Tiro de archivo.
Sí, eso funciona.
Me preparo, te estudio.
¿Es lo que quieres? Lo es.

Tengo tu expediente
en mi base de recuerdos,
Lo saco y lo releo.
Es tu petición de deseos,
durmiendo, pendiente.

Compruebo tus datos
y juego un poco contigo,
con tu susurro lejano,
con el roce fantasma de tu mano,
con esa felicidad intangible.

Entonces me viene, me vuelve,
tu código de barras a mis labios.
Y no pienso en otra cosa.
¿será mi destino?
¿escribir en línea con tu deseo?

La espera ha terminado.
Tiro de ti con un hilo de ternura,
en un día pausado, claro.
Sorpresa. Somos dos y la locura.
De nuevo escalofríos.

Protección para mis labios,
mi agua, mi calma,
el comienzo... todo,
y el término... nada.
Archivando...

Porque volverán.
Volverán los días
en que me pasee delante de ti,
y no me veas,
y otra vez tire de archivo
en este ciclo vicioso que no cesa.



Mariadela

martes, 25 de marzo de 2014

el olvido tiene nombre

Cuantos besos en palabras
no llegan a ninguna boca,
y se deshacen, navegando
en barquitos de papel...
Es el olvido que no sabe leer.
Cuantas pasiones destrozadas en fragmentos
llegan más allá de lo esperado,
y no encuentran el retorno,
deambulando sin ninguna dirección.
Cuantas mentes haciendo la jugada,
globos sueltos, sobrevolando la realidad.
Llevan dentro el aire de promesas,
de intenciones, de deseos, de sueños.
No es más que el olvido
sin referencias, sin rumbo,
sin puntos fijos, sin razón,
sin pies que pisen el mundo.
El olvido es un tarado,
pero se hace el loco.
No tiene respuesta.
Quiere ser otro y en otro lugar.
El olvido tiene nombre,
tú, tu nombre.
Un bofetón de realidad,
vaciando el pensamiento.
Petrificado en el mismo borde del abismo.
El olvido. Tú. Tu nombre.

martes, 11 de marzo de 2014

Saltar del tren

A veces pienso que debería pararme, y salir de mi "normalidad", de mi rutina, como única solución para llevar a cabo lo que realmente quiero hacer: mis proyectos, mis sueños... 
Me sometería a  una especie de ritual, me trasladaría a un lugar, pongamos la montaña; me sentaría en una gran roca, contemplando la ciudad desde arriba, respiraría hondo y empezaría a despiezarme en trocitos; limpiando la era, deshaciendo "pajas mentales"... para luego recomponerme y empezar de nuevo. Todo desde la observación, la concentración, el ahora, la realidad, fluyendo... Que sublime ¿no? o que fantasioso o que irreal. No se ni como calificar esta sensación.
Bueno, lo cierto es que no voy muy descaminada. Ahora los psicólogos recomiendan el flow, fluir (con uno mismo y con la vida). Fluir es correr, moverse libremente, dejándose llevar, como hacen los fluidos, adaptándose al medio; lo contrario es estancarse, diluirse, disiparse o hacerse una roca.
Tod@s tenemos periodos en que no fluimos. Y no fluir es como no estar; no te concentras en lo que estás haciendo. Algo así como pivotando, entre que te empujan y empujando, entre dos perspectivas; con demasiada conciencia del tiempo, mirando hacia atrás y hacia lo que viene o quieres que venga, y en consecuencia perdiéndote el presente. Es más, incluso lo que te gusta no lo haces... y todo te cuesta mucho.
 ¿Por qué? Se me ocurren unas cuantas razones:
Indecisión. Este estado te lleva a ir de un proyecto a otro. No sabes descartar, te gustan varios temas; no lo tienes demasiado claro y pruebas a ver qué tal,  pero al tiempo lo dejas, porque no te satisface. Quizás no sabes lo que quieres. Sí, y esto no sólo le pasa a los adolescentes; para esta sensación no hay edad. Puedes pasar la vida buscando. Y lo único que se consigue es la Gran Dispersión y a continuación el Crack. Te rompes. Para esto no se me ocurre otro motivo que el hecho de que no te conoces ni a ti mismo, no sabes cuales son tus capacidades, o no sabes como sacarlas a flote. Y saber esto no depende muchas veces sólo de uno mismo, de la experiencia, no; también se necesita de alguien adecuado que en el momento adecuado te haga sacar fuera de ti aquello para lo que vales. Y estos maestr@s no abundan.
Falta de planificación. Puede que sepas lo que quieres pero, ¿sabes planificarte, establecer prioridades, tener claras las metas y objetivos? No. Somos españoles. Sí, lo digo así de claro. Jamás aprendimos a planificar, a prevenir; a seguir protocolos de actuación. No. Lo que nos va es el "aquí te pillo, aquí te mato", nos encanta poner parches, la guerra de guerrillas. En eso somos unos genios. Salimos de cualquier problema, somos los reyes de la improvisación. Esto en muchas ocasiones trae consecuencias nefastas, que las cosas no salgan, o que salgan con demasiado coste personal o que simplemente salgan mal.
Demasiada planificación. Tan malo es no tener ningún control como tener todo el control, si es que eso se puede conseguir. Seamos realistas. No se puede controlar todo, y es más, no se debe. Hay demasiados factores para controlar y si te excedes en el tiempo planificando no pasas a la acción.
Desmotivación. No querer realmente implicarse de lleno. Porque implicarse con pasión conlleva deshacerse de tabúes, del "qué dirán"; del miedo al fracaso, a cometer errores, a ser distintos, y por contra hemos recibido una educación basada en la uniformización: no te salgas del rol, no te impliques demasiado, no sobresalgas, si no serás el raro, no encajarás.
Comparación. Pensar que para qué emprender algo en lo que ya hay otros que lo hacen mejor que tú.  
Soledad. Falta de apoyo. El mundo contra ti.
... y así puedo seguir hasta el infinito.
Sí, son demasiadas razones. Alguien me diría que más bien excusasPuede ser. Y que la clave está en renunciar a cosas. Y que no hay salida que no pase por romperarriesgar, perder... pero ¡ojo! para ganar... ¿qué? libertad.
Y esto es muy bonito, y muy cierto. Pero hay que tener agallas, volar, quitarse ataduras... y en contrapartida nacimos demasiado pegados a la tierra.
Me diréis: aquella persona que no lo hace le faltan ganas. No. No es falta de ganas. Pero solo con las ganas no se juega. Tienes que tener el tablero y jugar, mover las piezas y hacerlo de manera inteligente, conocer a tu oponente, y adaptarte a una realidad que tiene bien estudiada la jugada; te la juega, te la juegas. Y tienes que saber perder, sin miedos, sin cortapisas, abriéndose en canal, así.
Y ahora os voy a contar lo que parece una tontería, pero que es algo muy simple y muy real. Si analizo mi día a día, sin entrar en muchos detalles, me doy cuenta de que no tengo tiempo de hazañas. La rutina me lleva, no yo, y de qué modo.
Me despierto a la 6:30, me arreglo, hago café, saco al perro, me voy al trabajo a pelear, estresarme y desmotivarme. Vuelvo a casa, saco al perro, almuerzo, descanso entre 10 y 30 min. Café. Leo de todo, estudio, blogueo y/o tuiteo; entremedio me acuerdo que tenía que hacer unas llamadas obligadas, rutinarias, por lo general insatisfactorias; me voy de compras (odio ir de tiendas); por fin algo placentero (por lo menos para mí): gimnasio. Me dan casi las 10:00, vuelvo, me ducho, ceno, tuiteo si eso, vuelvo a la lectura, o veo alguna peli, a dormir o a lo que surja... en fin.
Y es que el día tiene solo 24 horas.
¡Ah! me olvidaba, está el finde, eee... claro, pero este es tiempo de hacer todo lo que no he podido hacer durante la semana y que no deja de ser también una obligación, una rutina: y en este orden: social, tareas de casa y familiar... uff.
Y teniendo todo esto en cuenta... me queréis decir ¿¿cuando me reconstruyo?? ¿¿cuando paro este tren maldito de lo rutinario para hacer cosas extraordinarias?Excusas, y más excusas, o simplemente ¿la realidad?
Así que como no puedo o no me atrevo a dar el paso, a saltar del tren (sí, soy cobarde) me he dicho... voy a ponerme a fluir en la realidad (haciendo caso a los psicólogos del flow). Sí, como lo estoy diciendo. Voy a dejarme fluir en lo que hago día a día, dentro de esa maldita rutina, sin más. Trataré de hacer lo que hago concentrada en el aquí y ahora; justo, justo como estoy mientras escribo esto. Escribir me absorbe por completo, me hace perder la noción del tiempo, me satisface. Puedo conseguir el suficiente equilibrio entre el nivel de esfuerzo, reto, etc, y el conocimiento de lo que soy capaz. No es ni demasiado complicado como para que me frustre, ni demasiado anodino como para que pase de ello y no me exija a mí misma un poco más. Y lo importante, tener esta actitud no sólo con lo que te place, sino con todo lo demás.

martes, 18 de febrero de 2014

te dibujo en fuga


No tengo los detalles
pero puedo dibujarte
dentro de mí,
porque me ciegas.
Me vienes en susurros,
a ritmo, suave, duro,
como el viento contra las ramas.
Y cada vez marcas distintas.
Tengo las señales
que dejas a tu paso,
partículas de ti,
suspendidas en mi nube.
En nuestro mundo,
yo en el horizonte,
tu en el punto de fuga,
en la unión sin límite.
Tengo la línea de tu voz
en mi laberinto de huesos,
repitiéndose como el eco.
No me deja descansar.
Con tus pedazos "arrancaos"
y mis manos llenas de colores,
pinceles de silencio
siguen dibujando tu contorno.
Encajo las piezas,
digo tu nombre.
Pero sus letras me dan frío.
Me recuerdan
que necesito tu calor.
     Fotografía: Jan Saudek

viernes, 31 de enero de 2014

con el vicio de volver

La mirada sostenida,
vaciando el mundo.
Tu iris en mi retina.
Regreso al bucle
de colores adyacentes
hoy, mañana, y siempre.
En mi hueco el arcoiris es bipolar.
Azul y verde, sin playas de arena,
virando al mar.
Vuelta a las sombras de la gente,
perdiendo sus sonrisas,
solo por tenerte en mente.
El pensamiento yace detenido,
por lengua, saliva, dientes...
y demonios que imagino.
Y desde el disfraz diario
una sola necesidad,
escapar del radio de atracción,
no sentir,
para seguir viviendo.
Pero, en el fondo,
un solo deseo:
esperar que eso nunca pase...
y volver al eclipse
para seguir muriendo.
Mientras tanto, relojes de cristal
ven pasar la muerte de los segundos,
en silencio, sin solución, y vuelve la sed
y bebemos, una y otra vez,
para luego quedar muertos.


Mariadela

viernes, 24 de enero de 2014

estoy en un verso contínuo



Profundo
respiro versos,
versos que suelto al aire
para que los cojas al aire
en un suspiro.
Qué sublime
escribir versos,
versos como hielos
que se fundan en tu boca
al rojo vivo.
Es ahora.
Ni un antes ni un después.
La cabeza en silencio,
Shhhhh... ahora, sí,
sólo los versos.
Ni cordura, ni moral.
Me asaltan versos,
versos que escondo
bajo capuchas
por temerarios.
Con la única intención de ser,
sin esfuerzo, de ida y vuelta
hay versos libres, felices, claros,
versos que recorren veredas.
Pero los mejores versos
los modelo contra el viento.
Se me escapan y se posan
en las copas de los árboles.
Poesía,
véndame los ojos
con encajes prohibidos,
y húndeme contigo
en un suicidio de versos.
Por exceso o por defecto,
versos que vienen
con determinación,
que asaltan mi ombligo,
mi corazón,
como el toque de tus dedos,
el verso perfecto.
     
     (Fotografía: Harry Fayt)

jueves, 16 de enero de 2014

Esperar con fundamento

"La espera": Omar Ortiz
Esperar, uf! ¡qué molesto! (ya sabéis lo poco que me gusta esperar en una cita, ¿quedamos? ¿a qué hora?, pero ahora trataré otro tipo de espera, más necesaria. Y tan irremediable, a veces, que se impone aprender a esperar, sobre todo para no caer en los extremos: 
  • Está la espera de los que nunca hacen nada. Esperan siempre y jamás toman la iniciativa. Es como decir "que a aquí me las traigan todas" Esta espera no es de prudentes sino más bien de cobardes, irresponsables y de seres con demasiado miedo a equivocarse, a vivir... tanto que se pueden quedar esperando que ocurra... nada.
  • Luego están los que no conocen la palabra espera. Su vida es un no parar. Realmente admiro, al mismo tiempo que me ponen de los nervios, los que se tiran a la piscina, los que siempre tienen algo que decir, algo que producir. Pero si les preguntas por qué y con qué finalidad, no te saben decir, acostumbrando a justificar su actuación, a posteriori, a través de cualquier clase de argumento, no importa cual.
Y ahora estarás pensando que... qué me ha dado con esto de esperar. Espera que ahora te lo explico.
La espera puede fortalecer el carácter. Pero para eso hay que darle otro aire. A mi me gusta darle el sentido de pausa, de reencuentro con uno mismo. Esperar no es (sólo) esperar. 
Normalmente nos situamos en la espera como expectantes en un mundo en el que algo, alguien está por venir... esto es tal como las metas, la ilusión, la posibilidad, los sueños...
Pero para que la espera no sea en vano habría que considerarla como algo más real, tal como no esperar nada. ¿Contradicción? No. La espera siempre está provocada por algo que deseas que suceda. Pero ¿qué pasa si no te llega lo esperado, la recompensa? Que te frustras. Pues sí. Y que palabra más fea, frustración; no solo es difícil de pronunciar sino también de digerir. 
Si lo que esperas está en tu mano significa que primero tienes que plantar, entremedias cuidar y esperar, para, en último término, recoger... tal como si cultivaras tomates. Y es que entre el esfuerzo y la recompensa media el reloj. Esta modalidad de espera no le va a los impulsivos, a los impacientes, a los que lo quieren todo ya.
Puede ocurrir que lo esperado dependa de otro, o del azar, o de algo que no puedes controlar; entonces... ¿porqué angustiarse?, ¿qué vamos a esperar?... pues, cualquier cosa. Este tipo de espera debería resbalarnos. Las personas obsesivas, débiles, o demasiado crédulas se aferran a esta espera, sin control, y esperan sólo porque sí. Es totalmente infructuosa y negativa.
Otras veces quizá ya sólo te queda esperar porque ya agotaste tu último cartucho. Así, en seco, la espera parece como una especie de resignación, decepción. Pero esto es autoengañarse, pues sabemos, a menudo, que cuando lo único que nos queda es esperar es porque lo esperado ya lo damos por perdido. Y si ya vas con el no ¿porqué sentirse mal? Hicimos lo que pudimos y tenemos la satisfacción de haberlo intentado. Así que habría que tomarse esta espera como el descanso del guerrero, se haya ganado la batalla o no.
Y por último, os diré que, a veces, me quedo como esperando; y no sé el qué ni a quien, pero sé que... espero por necesidad, como si estuviera parando un tren que no lleva a ninguna parte, o que no te deja llegar a donde quieres. 
Mientras espero, no provoco, no grito, aclaro y ordeno ideas, emociones, conflictos...Y me sitúo un poco más atrás, en un puesto de observador. Sería algo así como darse un tiempo; como si se estuviera de vacaciones. Nada me pesa, nada me obliga y me digo que... en cada paso que espera tengo una meta; y si me pongo ya en plan poético... nazco en cada segundo que espero. Y no sigo porque ya me voy un poco por las nubes (lo que es más propio de mi otro blog). En definitiva, una espera sin espera.
Solo un paso más. En vez de esperar que suceda desde afuera, podríamos invertir la perspectiva y esperar que suceda siempre algo desde dentro.
Y esta es mi espera. Me espero a mí y me encuentro a mí, porque todavía estoy por llegar (y creo que lo estaré siempre).
Espera viene de esperar, del latín sperare, tener esperanza; y como se dice "la esperanza es lo último que se pierde". Pues eso... que la espera sea sólo eso, espera; no decepción, frustración o desengaño.
Y hasta aquí mi espera. ¿Y tú a qué esperas?

domingo, 12 de enero de 2014

La impuntualidad o importarte un pimiento con quien quedas


Hay una espera física (típica y odiosa). A ver, quedas con un humano que al parecer piensa que has de esperarle eternamente.
Seguro que esto os ha ocurrido, al menos, alguna vez: las fases de la espera en una cita.
Llegas antes de la hora, vale; te dices: "tranquila, que todavía no es la hora"... (relax).
Cuando es la hora, notas una ligera intranquilidad; te preguntas: "por qué nunca la gente llega a la hora de quedada, nunca" y por tanto "de qué sirve pactar la hora"; y aunque lo consideras una falta de respeto y son de esas cosas que te sacan de quicio, vas y te apaciguas. Claro que sí, porque es lo general, y te pones a hacer cualquier cosa, una pajarita de papel con una servilleta del bar... (resignación).
Pero he aquí que los minutos pasan, y también varias cosas por la cabeza: "¿me habré equivocado de hora o de sitio?" y empiezas a soliviantarte; pero recuerdas perfectamente: hora y sitio son correctos... (dudas).
Y por fin pasa el cuarto de hora, que se dice "de cortesía" (una tomadura de pelo social) y no aparece ni dios. Y es justo cuando te dices si habrá pasado de la cita y que le importas un pimiento"... (bajón).
No sabes qué pensar, y bueno, el camarero se acerca con mirada picarona y te pregunta si quieres algo más y te tomas otro café para "tranquilizarte"; y, por supuesto, sigues allí esperando más allá de lo normal e incluso pensando si le habrá pasado algo... (preocupación).
Y no quieres llamar por no mostrarte demasiado impaciente; vas de un lado a otro, te asomas a la esquina y nada... y ya te decides, en fin, le enviaré un mensaje a ver qué pasa, y te quedas con las ganas de que conteste un algo... (desesperación).
Está claro, ya no te cabe más espera,  es hora de hacer "mutis por el foro". Y cuando ya llevas medio camino de vuelta a casa, te llama para decirte: "me podías haber esperado". Y todo muy bien... (explosión).
Y es que esperar es un "coñazo", lo mires como lo mires. Sobre todo cuando no se entiende para que se queda a una hora en concreto.
Y cambiando de espera, están los que esperan sin tener por qué.
Sin ir más lejos el otro día quedo en que a las 16:00 h me traigan un pedido a casa, dejando claro que por la mañana no se les ocurra ir porque no estoy. Bien, son las 14:00 h (estoy en mi trabajo) y te están llamando para decirte que llevan un buen rato "esperando" (absurdamente), dando vueltas para dejar el pedido. Les preguntas si es que, por un casual, no les han pasado la nota que meticulósamente el dependiente del gran centro comercial se afanó en rellenar con todos los detalles; y te dicen que sí, que pone a las 16:00 h pero que, por si acaso, allí están... entonces de qué "puñetas" estamos hablando. Y es cuando revientas directamente, pero de incomprensión por el ser humano.
  Y tú, ¿respetas las horas de quedada o pasas un kilo, como la mayoría?